El tiempo amarillo

Desaparece el verde, se vuelve amarillo y se ha evaporado la humedad, esto es Castilla y lo notas en ese golpe de calor, recio, seco, negro.

De niño soñé un regato que conectaba mi pueblo de Castilla con mi pueblo del norte, el mar y el campo, mi padre y mi madre, las estrellas en el cielo, la enredadera del balcón.

Huí por él y ahora que he vuelto los he conseguido unir porque no se trata de escapar sino de saber quedarte a solas en medio del campo y ser capaz de ararlo. Y hasta que no seas capaz de pasar de surco no habrás pasado página.

parcela

En estos pueblos pasa que a veces lo que te deja seco no es el calor, pasa que a veces lloras tanto que te quedas seco y por eso son sitios donde ya nunca llueve y tienes que dormir siesta para intentar que pase el tiempo en una especie de muerte colectiva que invade a todos los vecinos. Y después ya nunca sueltas lágrimas, por eso valen más, aunque a veces tiemblas y sólo te das cuenta tú porque todos estos pueblos amarillos en el fondo son un poco Kansas sólo que cada uno lleva a cuestas su propio tornado, el que sólo ves tú.

El pueblo, mi pueblo, existe para recordarte que hay sitios en los que el tiempo tiene su ritmo, tan leve como eterno, y que no puedes escaparte de él aunque ganes tiempo consiguiendo un indulto.

Suena el reloj todo el tiempo, a todas horas, para recordarte que el tiempo pasa, y a la vez, para enseñarte que el tiempo no avanza, que no acaba, en realidad vuelve a empezar porque le tienes que decir a un niño lo que te decían a ti cuando tú lo eras. Entre campana y campana, ya no sabes si han pasado diez minutos, tres horas, cuatro días o veinte años.

El pueblo es arrugas y es negro, negro luto, negro toro, porque duermes arrullado por cencerros, porque el rastro del toro domina todo como un dios aunque no lo veas, porque esto es Castilla, aquí mandan los ausentes.

En sitios acostumbrados a despedirse continuamente de gente, los vivos se marchan y los muertes se quedan, viven en trozos de madera y viejas fotos y en los recuerdos más insospechados, esos que ya no sabes si son reales o no y por eso son los más auténticos, porque los has soñado y contado, compartido y ya no son sólo tuyos.

Al final ese tiempo que no pasa acaba pasando, la casa se vacía, las mariposas vuelan entre las moreras en septiembre y el río se lo come el pantano. Pero éstate tranquilo, las campanas doblan para recordarte que sonarán siempre,  que en el charaiz hay más agua y las enredaderas crecen,  y que por mucho(s) que te falte(n), el tiempo tiene su ritmo, y de eso digo que va todo, porque por mucho que te arranquen, hay cosas que no te podrá robar nadie. Ni el paso del tiempo.

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