El viento

Se pasó toda la vida escapando del viento.

Suponía que una maldición divina por un pecado de sus padres había llevado a un dios mitológico a ordenar al viento que le persiguiera y arrasara con todo.

Lo notó nada más nacer porque sopló una brisa caliente. Y lloró.

Esa brisa fue a más según crecía y pasaba el tiempo. Al principio sólo movía cosas de sitio y desordenaba su cuarto. Pero poco a poco fue subiendo de intensidad, y de calor, y empezó a llevarse sus juguetes.

Pronto empezó a darse cuenta de que era algo más. Escuchaba a oscuras los susurros de sus padres, que eran como leves ráfagas de miedo.

Y llegó el momento en que el viento se desató. Fue el día que se hizo mayor, justo cuando empuñó por primera vez la cuchilla de afeitar. En el momento en que comenzó, empezaron a soplar las ráfagas, pero se propuso ignorarlas. Notó que crecían, que eran más fuertes, y cada vez más calurosas. El cristal de su espejo estaba empañado, y cuando terminó, no quedaba nada. El viento se había llevado todo: su casa, sus padres, su colegio, la parroquia, el patio, sus libros. Se había afeitado, ya no era un niño y estaba solo frente al espejo.

Cambió de ciudad, cambió de vida, cambió de amigos, cambió de parejas, cambió de trabajos, cambió de vicios, cambió de piel y hasta cambió de sexo.

Trataba de engañar a ese viento cálido buscando lugares húmedos, escondidos, oscuros. Aislados.

Pero no había manera. Cuando más relajado se sentía, cuando se vencía a la sensación de victoria, cuando se atrevía a salir de su cueva y se olvidaba de su maldición, ahí sentía, otra vez, murmurando en su nuca, esa cálida sensación que tanto le estremecía. Le perseguía. Le acosaba.

El día de su boda estalló un huracán que se llevó por delante todo: la tarta, la carpa, la novia, la orquesta, los invitados y su pajarita.

El viento le alcanzaba siempre. Ahora su barba estaba blanca y él cada vez más cansado, quizás porque el viento era cada vez más caluroso. Ya no sólo arrastraba ciudades, también lo derretía todo. Incluso sus recuerdos.

Un día, desde una ciudad perdida en el último continente que quedaba en pie, hizo recuento: el viento se había llevado su pelo, su chalé, su Wolkswagen, su oficina, veinte ciudades y diez países, sus hijos, sus libros, sus premios y… Estaba a punto de escribir lo más importante en su libreta, pero una ráfaga se la llevó. Ya no quedaba nada más en toda la Tierra.

Y finalmente, a fuerza de huir, llegó a la cima del precipicio. El calor era ya insoportable. Se despojó de todo para seguir corriendo. Desnudo, se dio la vuelta, y allí estaban, cara a cara, él y el viento. “Por fin te atreves a mirarme a la cara”, le sopló. La temperatura bajó unos grados.

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