Pétalos de tela

Era como un algondoncillo blanco, que sólo podías ver si le dabas la vuelta a la hoja. Si mirabas el envés. A primera vista todo parecía ir bien, pero era mentira. Las hojas eran verdes, sí, pero algo no funcionaba como debía. La enredadera del balcón no conseguía agarrarse a la pared.

Durante años había crecido, peleado contra las adversidades y logrado encaramarse desde la maceta hasta prácticamente tocar el techo. Simplemente había que ayudarla, poniendóselo fácil a su paso. Un pequeño apoyo, y ya estaba. La planta se hizo grande, avanzó metro a metro e incluso dio flores. Discretas, sin ornamentos, sin excesos, y elegantes. Preciosas.

Pero llegó la plaga blanca y empezó a matarla por dentro. Al principio costó detectarla: aparentemente todo iba bien, y ese retraso en descubrir lo que había en la cara oculta de sus hojas hizo que el hallazgo fuera más doloroso y más difícil de combatir.

Hicieron todo lo que se les ocurrió. Limpiaban cada mañana esa persistente espumilla blanca que regresaba cada tarde, que se quedaba agarrada a los dedos. No había forma de librarse de ella, porque una vez te lo encuentras, no hay ningún momento del día ni de la vida en que puedas olvidarte de que te topaste con el maldito algodón blanco.

Probaron a arrancar las partes que veían más enfermas, con la esperanza de poder frenar así el desarrollo del algodón en las hojas que parecían más sanas. Se trataba de sacrificar lo malo para conservar lo bueno.

Lo que sucede es que el algodón es un enemigo implacable: el hecho de que sea blando y se te deshaga en los dedos no significa, ni mucho menos, que sea débil. Todo lo contrario: resulta muy difícil, casi imposible, luchar contra una plaga que es prácticamente invisible.

Incluso recurrieron a todo tipo de medicamentos, naturales o artificiales, desde el agua hasta los aerosoles.

Nada servía. Cada mañana se despertaban e iban corriendo al balcón con los dedos cruzados implorando una señal de que el último remedio, científico o mágico, había funcionado. Nadie desarrolla más fe que un jardinero desesperado. Y nadie la pierde más rápido que quien ha comprobado que encontrar un trébol de cuatro hojas no sirve para nada cuando lo que necesitas es el golpe de la mejor suerte del mundo.

En realidad, lo que no sabían, o no querían ver, es que el principal daño ya estaba hecho. El mal estaba en las raíces, que habían quedado podridas y truncadas desde la primera visita de la plaga. A partir de ese origen, todo lo demás eran parches, injertos. Día a día, veían como el tronco se doblaba, se te quebraba entre las manos, hasta que no pudo aguantar el último invierno.

Tal vez por eso, por saber en el fondo que las plantas están predestinadas a marchitarse, unas más pronto que otras, hubo quien se dedicó a fabricar flores artificiales. Con cerámica, con bolsas de plástico, con medias, con papel y cartulina, con telas. Pétalos de mentira para recordar una verdad. Sin más olor que el que hacían imaginar. Eran casi perfectos: sin espinas que pincharan en los dedos, sin hojas que quedaran deformadas por los insectos, sin tierra que te manchara. No necesitaban las atenciones de un jardinero porque recibieron el mejor cuidado cuando fueron creados.

Así construyeron un jardín artificial de mil colores, que duró años y años, que resistió mudanza tras mudanza. Un jardín secreto que muy pocos han visitado, y eso lo hace más íntimo, más especial. Sólo para iniciados, los que conocían la contraseña, los afortunados que tuvieron la inmensa suerte de ser protegidos por la enredadera originaria.

Lo que pasa es que una planta, como eso que llamáis vida, es incontrolable. Crece cuando ella quiere. Y nunca se muere del todo, por mucho que tú te hayas empeñado en llorarla y enterrarla. Escúchalo bien: ni siquiera puedes controlar la despedida y el olvido. No depende de ti.

Un día visitas una terraza amiga y crees ver la misma enredadera. ¿Cómo es posible?, dices mientras te frotas los ojos. Resulta que uno de los tuyos fue precavido, y encontró una hoja sana. Sólo una bastaba. La plantó y, como entonces, la ayudó a crecer. Eso significa poner las bases para que puedas seguir tu camino. Hoy la nueva enredadera da flores, mientras se aferra con fuerza a la pared, como si trepara por el recuerdo de lo que pasó y no quisiera caer. Como si se hubiera quedado con esa fuerza que fue lo mejor de la enredadera originaria, que ahora crece a través de otros. Al final resulta que de eso va todo el jardín en el que nos hemos metido, eso que algunos jardineros locos creen que dominan, y que insistís en seguir llamando vida.

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Una respuesta a Pétalos de tela

  1. netocrata dijo:

    Fantástica alegoria Oscar! 🙂

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