El Trío Hipster y la Chica Manga

Una vez vi una gótica por la calle. Era febrero, y me la quedé mirando tan indiscretamente que me dieron ganas de explicarla que lo hacía con admiración, y no con rechazo. Que me gusta la diferencia, incluso la provocación, aunque yo no me atreva a practicarla (Haz FAV si tienes, como todos, un cúmulo de contradicciones).

Uno es lo necesariamente frívolo para sobrellevar el día. Resulta un placer dejar un minuto todas “esas cosas” y criticar coderas, pantalones verdes y otras prendas en las que quizás acabes cayendo algún día. Todos compramos un poncho en Apadana.

El argumentario para darle cobertura intelectual a estos debates es que surgen de una preocupación por el buen gusto, y que la mala estética suele reflejar una pésima ética.

Pero no he venido aquí a hablar de chándales y fulares, sino de mi fascinación por los que salen de la media en la estética, sobre todo en mi ciudad paralela. No se puede renunciar al lado superficial.

Esta semana he perdido la pista al Trío Hipster. Iban siempre juntos, con sus barbas, y algún día les llegué a ver en bermudas.

Durante tres días acaricié la posibilidad de que fuera de aquí y conseguir entrevistarles, como, esta semana, al autor de la carta de Días de Sur (Ya sólo me queda El Hombre del Piano de La Conveniente y algún escándalo que luzca para poder jubilarme tranquilo).

Pero no les he visto más.

Ni a ellos ni a la Chica Manga que se manifestaba contra el cierre de La Pereda.

Doblemente valiente, me imaginaba a su abuela comprando comics manga en Nexus para entender el viento que le había dado a la chiquilla.

A cambio, me encontré otro hipster en un evento cultural, como Dios manda.

Durante unos segundos llegué a pensar que le pagaba el propio festival para tener más caché.

O el Ayuntamiento, para vender modernidad, como (o al contrario, que más da), a los viejucos que trabajan la madera en Santillana del Mar. No son de allí. Les traen de Torremolinos, para dar ambiente. No son reales, pero dan apariencia de realidad (como los reportajes de ficción de la banda que escribía torcido).

De hecho, juraría que pasa también con algunos pueblos. Cuando te da complejo de urbanita y lo quieres compensar yendo a comer cocido a Bárcena, siempre te queda la impresión de que alguno de esos pueblos lo han levantado de nuevas, de que son demasiado reales y perfectos. Que no estaban ahí el año anterior.

Como si los hubieran hecho de encargo para satisfacer la demanda de nosotros, los pijourbanos, ávidos de diferencia, aburridos de normalidad, criticones de los Hombres Grises. Todos aquellos que, frívolamente desesperados, desesperadamente frívolos, buscamos siempre encontrar la nota de color que sabemos que somos incapaces de dar.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en La ciudad. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s