Mi ciudad gemela

Cuando era pequeño fuimos a pasear a las obras de la S-20 y descubrí fascinado que formaban un corte casi simétrico. A ambos lados, dos extensiones de terreno casi a la misma altura. Una habitada, con sus viviendas, sus colegios, su Dávila Park en el que antes había vacas… Y lo otro (Cueto-Valdenoja, Las Llamas, pelearos vosotros por el nombre), prácticamente desierto desde esa perspectiva.

Y soñé que algún arquitecto lector de Borges levantaba allí una ciudad paralela, casi idéntica: con las mismas casas y la misma apariencia, pero mejoradas. (Todavía no se había inventado la coletilla del 2.0. Eran tiempos sencillos, menos pedantes).

Desde aquel día me dije que con los años acabaría  habitando esa ciudad gemela. En mi sueño lúcido esa ciudad no había sido pasto de las llamas, ninguna dictadura había continuado con la labor destructora de su identidad, y jamás se hubiera caído el Cabildo ni quemado Tetuán. Era una ciudad en la que ella nunca se había ido.

De algún modo, siempre he vivido en una ciudad gemela. Es lo que tiene ser primera generación. Te acabas inventando tu ciudad. Puedes ser SDR en lugar de STV. Recorría un Paseo de las Cerillas que en mi casa se habían inventado para mí (el entorno de la Estación Marítima del Ferry, que llamábamos así por la forma de las farolas).

Todavía hoy paseo por un ensanche al que los arquitectos niegan su existencia y que cuenta con un complejo sistema de calles que se mueven. Y recomiendo rutas por la parte de atrás de la postal. Prefiero las huertas, y entro, persiguiendo el conejo, en un parque de cuento fabricado por un marinero loco.

Visito esa ciudad gemela a menudo. Cada vez que me hablan de un lugar lleno de señoras con pelo azul y señores con el brazo en alto, yo me como la pastilla roja para recordar que esta fue la ciudad de Luciano Malumbres, de un Manuel Llano más guerrillero de lo que nos han contado, la ciudad de Vital Alsar, de Eulalio Ferrer, de José Hierro, de Gloria Torner, de José Ramón Sánchez…

Cada vez que alguien se suicida por aburrimiento, yo pienso en las noches que empiezan en el Río, y desembocan en una catarata en la que puedes acabar perdido.

Siempre tengo a mano una de esas pastillas rojas. Cuando se habla del FIS y el Casino, la tomas y llegas al Black Bird. Cuando hay un domingo aburrido de invierno, resulta que es tarde de función. Cuando la ciudad se inunda de casetas, esa pastilla te lleva a la terraza de Loli.

La pastilla roja sólo tiene un riesgo: es adictiva, cada vez quieres más y llega un momento exacto en que no ya no hay vuelta atrás. Acabas pasando más tiempo en la ciudad gemela que en la ciudad original. A mí ya me ha ocurrido: cada vez paso más tiempo en una ciudad diferente. Si un día no sabéis de mí, es que he sido absorbido por el otro lado y me he mudado, definitivamente, a la ciudad gemela.

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4 respuestas a Mi ciudad gemela

  1. rukaegos dijo:

    Tan atinado y bello como triste.

  2. Ración doble de pastilla roja!! #SDR

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