Abriendo el chiringuito

La noticia del verano no ha sido que Bárcenas presuntamente ya tal. Eso ya lo habíamos oído. Ni siquiera que el golf es nuestra gran apuesta de futuro. Llevamos 15 años viviendo en ello. Ni que el presidente y el alcalde hayan encontrado otro motivo por el que echarse el plan general a la cabeza. Es la historia de esta legislatura. Ni tan siquiera que el FIS sea algo decadente tras años de mala gestión. Eso lo están descubriendo algunos ahora.  Reciban una calurosa bienvenida.

No. La noticia es que en una playa de Santander se ha puesto un chiringuito a pie de arena. Así, a las bravas. Vaya cosa, me dicen desde Torrevieja todos los ganadores del 1,2,3 que han sido. Sí, pero es que aquí presumíamos de no tener chiringuitos en la playa ni puestos de peruanos en el paseo marítimo.

¿Qué por qué se ha instalado? Vaya usted a saber. Una aguda explicación sociológica diría que en tiempos de crisis la gente viaja menos y se queda aquí, pero que le gusta darse un caprichillo en la playa.

Sin embargo, parece que el motivo es más pedestre. Da dinero, supone ingresos. El mismo motivo por el que una ardilla podría recorrer la ciudad, de El Sardinero a Cuatro Caminos, de terraza en terraza. Porque se paga por esos usos. Incluso el que este verano se haya celebrado con más empaque de lo normal el Orgullo en Tetuán, donde se ha comprobado el ambiente (juego de palabras barato, no me juzguen) que aporta cierto local a la zona.  O porque las fiestas de Santander han empezado a tener movimiento en los últimos años. Porque hay quien le ha visto la rentabilidad.

Así que quién sabe. Lo mismo cunde el ejemplo y alguien piensa que es rentable que a la hora de conceder licencias en la selva de la noche, el criterio pase a ser abrir más el abanico y ponérselo fácil a los “nuevos”. Más negocios, más negocio.

Qué locura, alguno podría descubrir que si hay tres bares seguidos en un sitio se crea el denominado efecto zona y acabaría repartiéndose entre todos.

Es más, que de repente se viera que a más horas de apertura, más actividad hostelera y más impuestos que se pagan, que, en el colmo de los colmos, podrían revertirse de alguna forma en los vecinos de la zona para compensarles.

Estoy inmerso en un frenesí soñador, lo confieso. Figuraos que estoy pensando que los partidos políticos podrían descubrir los efectos positivos de permitir que haya críticos en sus filas. En un tiempo como el actual, un perdón y un admitió bien dichos sumarían más votos de los que resta el raído argumentario y el pensar sólo en unos pocos.

Y qué no podría hacerse en los medios de comunicación, si dejaran las trincheras en que se han alineado en la guerra de las portadas y escribieran para los dos (inexistentes) bandos. Oye, en la radio nos fue bien con eso. Puedo decir de corrido  oyentes de varios palos. Y funciona.

Porque ya es tiempo de abrir a todos el chiringuito que unos pocos llevan disfrutando años.  Aunque sea por egoísmo: el sectarismo no parece una práctica inteligente. No aporta beneficios. Ni de dinero ni de votos. No crea buena reputación. Es un producto sin demanda. Nos empobrece a todos. Y ya, por fin, tras mucho tiempo, sobre todo a quien lo practica.

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