Los malos comerciales

Hace poco decía en el programa un empresario ‘indignado’ que uno de los problemas de su sector es que durante años se habían dedicado a ‘despachar’ al cliente en lugar de a vender. Vamos, que, de una forma un poco estúpida para lo que debe ser un empresario, se había tratado mal a su fuente de ingresos.

Durante años, y lo que nos queda, hemos estado llenos de malos comerciales. Y no me refiero a las tiendas que cierran sus persianas justo cuando viene el ferry y la gente sale de trabajar.

¿Cuál es el público natural de un equipo de fútbol? Uno diría que la afición, por aquello del seguimiento y la fidelidad. Así que visto sobre el papel, no parece que insultarles, encararse con ellos y acusarles de delitos sea la mejor táctica de ventas. No puedes maltratar a tu principal cliente.

Uno pensaría que los afectados por los desahucios eran el público natural del Partido Socialista, y por eso sorprendió tanto esa tardanza en decir algo sobre sus reivindicaciones y en intentar hablar con ellos. Hay teléfonos que son difíciles de conseguir cuando estás en el sitio equivocado: el centro comercial, en lugar de el mercado.

En la misma línea, hay quien diría que al partido que gobierna le interesa resolver los problemas y, sobre todo, crear un buen clima de convivencia con quienes no dejan de sostenerte, con sus votos e impuestos. No parece que llamar a la policía cuando se quejan contra ti –tras comprobarse que es el único recurso que queda– ayude a mejorar las relaciones y granjearte simpatías entre los electores.

Los bienintencionados, o malpensados, que ya no se sabe dónde está el límite, dirían que una empresa, y más cuando es privada cien por cien, debería cuidar a sus clientes. Y que, siendo un banco, si el servicio que les ofrecías era almacenar su dinero en confianza y no lo haces, podrían sentirse molestos. No te sorprendas, entonces, si manchan tu imagen o si retiran masivamente tus ahorros ante tu incapacidad y desprecio.

Lo mismo, en grado sumo, les pasa a las administraciones. Andan los empresarios más pequeños molestos por la subida de impuestos. Se sienten como la principal fuente de ingresos de un sector público al que no terminan de ver que se apriete a sí mismo ese reluciente cinturón con iniciales de oro en las hebillas. El contraste entre las inspecciones de Hacienda a unos y la ausencia a otros es, digamos, bastante elocuente.

Y así sucesivamente: maestros criticados por responsables de educación, colectivos ciudadanos ‘despachados’ con argumentario…

El ciudadano asiste atónito a ese espectáculo en el que todo el que se queja es descalificado por protestar al haber sido atacado.

Y se pregunta por qué le tratan a él como enemigo, si es el que paga los sueldos y a quien le van a pedir el voto estos dependientes que tardan en atender y además de no tener ropa de tu talla, te llaman gordo y te acusan de ser de la competencia.

No es un fenómeno nuevo: toda la vida, los malos comerciales han encontrado un motivo para culpar a los demás de sus problemas, y todavía han sido capaces de musitar insultos al cliente mientras colgaban en el escaparate el cartel de ‘Fin de actividad’.

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