El ruido

“Ruido: interferencia que afecta al proceso comunicativo. Cuando el mensaje llega tal y como se emitió, se produce lo que se denomina fidelidad” (Teoría de la comunicación, 1ºde Periodismo)

Cuando intentaron esbozar un leve mensaje de autocrítica resultó que en el recinto aislado que habían elegido para su gran soflama no había nadie para escucharlo.

Peor aún: les costaba escucharse a sí mismos. Sus palabras brotaban de las gargantas, sí, y manaban hasta convertirse en sonido, también. Pero no las oían: se lo impedía un ruido estruendoso, de bocinas y cacerolas, de gritos y silbatos, un sordo ruido de rabia.

No era un fenómeno nuevo. El ruido llevaba años invadiéndolo todo. Pero antes iba en otra dirección, cuando las palabras de los que ahora gritaban no se podían oír, pues acababan sepultadas siempre por un griterío acumulado de aplausos al líder, de mociones e insultos, de argumentarios de laboratorio y de micrófonos, de denuncias cruzadas y de suplementos pagados, en suma, por un constante silbido que todo lo tapaba al grito de ‘ytumás’.

Era un ruido de años… ¿Sabéis cuando tu televisor hace un zumbido prolongado, no tiene arreglo y al final te acostumbras a él? Pues eso pasaba, se trataba de un ruido de años que comenzó como un leve susurro, pero que fue emitido durante tanto tiempo que ni siquiera eran conscientes de que existía.

Ahora era al revés. Ahora el ruido era estruendoso, potente y desesperado, y les impedía llegar a decir lo que querían. No se daban cuenta de que estaban ante gente que empezaba a estar demasiado entrenada –desde luego más de lo que les gustaría–en la queja, en el silbato, en la pancarta y la cacerola, en la sucesión de causas y en la indignación.

Y parecía que el ruido no se iba a acallar, porque a esos desgarros se sumaban otros ruidos, los de los fieles desmarcándose antes incluso de empezar a crecer, los de los viejos críticos que recuperaban su voz, y también, y sobre todo, la de quienes seguían anclados en sus viejos y antiguos ruidos.

Todavía pasaba, aunque cada vez menos quisieran oírlos.

Ese es el riesgo que corres cuando haces tanto ruido que te impide escuchar, que acabe siendo demasiado tarde porque el mensaje que habías planificado ha llegado tarde, porque te creías que seguías en un tiempo en el que sólo valían las palabras, y al final, en medio del rugido, te das cuenta de que debías haber escuchado mucho antes de empezar con ese dichoso ruido.

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