Al final de la calle Alta

Al final de la calle Alta hay un bloque al que le quedan semanas de vida. Ya no existirá más.

Acaban de empezar sus labores de derribo.

Yo estuve en él cuando trabajaba en la tele. Visité uno de los pisos después de meter la mano por el cristal roto para abrir la puerta del portal, porque la cerradura, según nos contó el propietario, llevaba meses rotoa sin que la presidenta de la comunidad, que no vivía ahí, se dignara a llamar al cerrajero para que la arreglara.

Ese debía ser el mismo motivo por el que subir las escaleras resultaba una aventura, pues se te hundían bajo los pies, como comprobé mientras intentaba sacar uno de los míos de un agujero y miraba a mi compañero cámara, más ocupado en intentar que no le afectara mucho el mal olor que desprendía el agua encharcada de la gotera.

Para mi simplemente era un pequeño marrón que habíamos podido cubrir porque esa tarde “había cámara”. Pero para el dueño, un chico joven que llamó a una tele local porque nadie le hacía mucho caso, era su vida.

Lamento mucho no recordar su nombre. Fue hace cinco años y sólo le entrevistó otro medio, pero su historia ha quedado sepultada entre enlaces de Google. Sí recuerdo un detalle que se me quedó grabado: el mal estado de su edificio le perjudicaba tanto que una noche conoció a una “amiga” y cuando la quiso llevar a su casa, al ver el portal, prácticamente huyó horrorizada.

Y eso que no oyó, como oímos nosotros, los ruidos de pisadas en los pisos supuestamente vacíos del resto de pisos, propiedad de la misma inmobiliaria, con las puertas convenientemente abiertas todo el día.

Igual que en esa nave abandonada que ahora se intuye tras el solar vacío de la Cuesta del Hospital, en el que, por el lateral de la calle San Pedro por el que subo cada lunes al Parlamento, también hay una puerta convenientemente abierta por la que entra quien quiera, como me contó Miss Cabildo.

Ella y gente como Chema o Manolo resisten en el barrio frente a las embestidas de algo mucho más fuerte que ellos. Al igual que el joven del final de la calle Alta, sólo quieren vivir en su casa. No sé en que quedó la historia de ese chico, y eso habla muy mal de mí.

También me acuerdo de Juana: se le cayó el piso de Prado San Roque que ella pedía insistentemente arreglar recibiendo como respuesta el silencio.

Sólo espero que en el Cabildo no pase lo mismo, y eso me recuerda que tengo unas llamadas pendientes…

(os dejo una lectura interesante y necesaria)

\"El cielo está enladrillado\", un análisis sobre el mobbing inmobiliario

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