El sueño de una noche de teatro

(Espectáculo gratuito de la UIMP, con Animalario, en el jardín del Museo de Bellas Artes. La verdad es que no me gustó mucho. Da igual, el espectáculo estaba fuera)

Una pareja cierra la puerta del balcón para que el sonido del teatro no les impida discutir. Al lado hay un botellón en un piso –un pisazo– de estudiantes.

Enfrente, una señora en bata apaga el televisor y sale al balcón a ver el teatro desde casa.

Dentro, un niño le pide a su abuela que le explique cada paso de la obra.

Sobrevuelan el escenario dos gaviotas, tan sincronizadas con los silencios que hasta los actores miran al cielo preguntándose si sus graznidos formaban parte del guión.

A lo lejos, ladran unos perros callejeros, supongo que junto a los Latin Kings nocturnos de la Plaza del Ayuntamiento.

En la puerta, hay tres chicas bailando al son de los intermedios. El presentador se gusta a sí mismo, pero es majo.

Y veo gente encaramada al otro lado de la verja, como si fueran el niño del pijama de rayas, queriendo saber qué se cuece dentro de la milla de la cultura.

Lo miro y no paro de pensar que ese muro y esas verjas del Museo de Bellas Artes sobran, que debería estar abierto al exterior, que la calle debería ser semipeatonal y que el Medievo debería tener una terracita.

Y sobre todo que parece que por aquí, pese a que sí que hay creadores, el impulso lo tienen que dar desde fuera.

(Sí, lo siento, sigo viendo a la UIMP como algo externo, como a ese primo que sólo viene en verano a hacer cosas especiales y que en invierno te deja solo con los juegos de mesa.

Con todo, me produce un extraño orgullo pensar que gracias a ella mi ciudad fue el primer lugar donde se leyó en público el llanto de Lorca por Ignacio Sánchez Mejías)

Y que tiene que ser un cántabro de fuera, Alistair Carmichael, el que cada año nos dé una pildorita de los cántabros olvidados junto a tantos libros perdidos.

Este año, Consuelo Berges, que os suena como nombre de asociación de mujeres, pero que fue una traductora, poeta y periodista que tuvo que exiliarse y que llegó a ser atrapada por la Gestapo alemana.

El año pasado le tocó al doctor Enrique Madrazo, con su apuesta por la educación que le debió convertir en un hombre muy peligroso, para que a sus ochenta y tantos y ciego, los invasores creyeran conveniente encarcelarle. Y todavía hoy su nombre es atacado cuando se permite que su centro cultural acoja charlas de grupos racistas.

En el jardín del Museo la estatua de Menéndez Pelayo estaba en dirección contraria a la del público.

Pobre estatua, que ni en la UIMP ni en la Biblioteca Nacional termina de encontrar su sitio, que se ve atrapada con otro rostro en la Catedral.

Es la maldición de Marcelino: estar siempre fuera de lugar. Su estatua se siente descolocada porque sabe que no nos están contando su relato como fue en realidad. Igual que en vida.

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2 respuestas a El sueño de una noche de teatro

  1. Lulo dijo:

    Esta la leí en verano y me gustó mucho… esque para que me lleguen las entradas me decía publicar comentario y por no dejarlo en blanco… te lo digo ahora 😉

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