Fuera de control

2.134 kilowatios de luz y 667 kilogramos de CO2. Eso es lo que generamos todos los periodistas, camareros, ex ministros, conserjes, community managers, alcaldes, limpiadoras, asesores, cocineros, catedráticos, guardias de seguridad, organizadores de eventos especiales y estudiantes americanos que pululábamos el pasado jueves por el Palacio de La Magdalena.

Resultaba casi agobiante como cada vez que me daba una nueva carrera por el pasillo (era un día de esos) los números rojos de nuestras –mis– emisiones habían vuelto a subir.

Hoy empiezo por el final, citando primero la buena práctica, la de Danca, la empresa que instaló ese marcador de emisiones que al convertirse en noticia se dio en llamar “semáforo”.

Me pareció una buena palabra. Porque aunque el objetivo es medir los consumos para aprender, racionalizar (estamos a punto de desgastar esa palabra de tanto usarla estos días) y corregir hábitos en hogares y empresas, el ideal sería que al llegar a un punto crítico se pusiera naranja como aviso de que pronto va a llegar el rojo.

Y es que las palabras son importantes en este campo.

No sé si los señores que decidieron los significados de las palabras contaban con que sostenible iba a valer tanto para el medio ambiente como para las cuentas públicas, como pone de relieve que precisamente estos días se hable de la necesidad de control para proteger ambos conceptos, más unidos de lo que pensamos.

El mejor ejemplo lo tenemos, como en tantos casos, en Castro Urdiales. El año pasado el Tribunal de Cuentas definía la política financiera del Ayuntamiento de los últimos tiempos como fuera de control. Y decidme si eso tuvo o no reflejo en el urbanismo y la protección al medio ambiente en este municipio.

Afortunadamente hay gente que ya ve que la eficiencia energética se traduce en ahorro económico.

Hombre, sería mejor que las ayudas que se aprobaron desde la patronal para ayudar a los estudios de ahorro energético se hubieran decidido por conciencia y no porque se dieron cuenta de que tras los EREs temporales ya quedaba poco por donde ahorrar.

Como tantas otras cosas, la crisis está obligando a hacer lo que parecía más racional, y a que se tomen medidas tan innovadoras (sic) como que los comerciantes locales abran los sábados tarde y el sector público implante centrales de compras.

En los últimos días no hago más que tropezarme con iniciativas emprendedoras basadas en el ahorro energético, es decir, en la sostenibilidad económica y ambiental (valga la redundancia).

Como el programa para el control de consumo de agua de Servimaps, o, el proyecto Energya, que acaba de ganar el premio al Emprendedor XXI por el Ayuntamiento de Camargo (los listados de los proyectos de emprendedores son casi un banco de ideas de por donde van a ir los tiros).

Así que si las empresas grandes y sobre todo las jóvenes empiezan a verle la necesidad y la rentabilidad a este sector, cabe la posibilidad de que pronto le sigan (le sigamos) los hogares.

Eso sí que es una necesidad urgente porque el semáforo ha pasado a  naranja y está a punto de cambiar a rojo. Porque corremos el riesgo de quedar fuera de control.

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